El Enigma de la Justicia
Nos hemos acostumbrado a ver la justicia como algo que sabemos que es, pero sin tener la mínima idea
de eso que creemos saber realmente. En ese mismo saco de incertidumbres están con la justicia, el arte,
el lenguaje y otras instituciones que se estudian por millones y sin embargo su esencia nos es esquiva.
Desde Platón, Aristóteles y hasta Rawls, se ha debatido si la justicia es un ideal absoluto, una
construcción social o un equilibrio práctico. Sin embargo, en la vida cotidiana la asumimos como algo
dado, sin preguntarnos por sus fundamentos.
Ante estas grandes categorías de nuestra civilización convivimos en un marco de definiciones tácitas: las
aceptamos como conceptos definitivos y como si fueran claras, sencillas o naturales, cuando en realidad
son convenciones históricas y culturales agudas y oscuras. Existe una especie de naturalización
cotidiana, hablamos de justicia como si fuera algo evidente, o como si todos supiéramos qué significa.
Aunque la justicia como tema o estructura social se estudia por millones en centros de investigación o se
trabaja con ella a diario en sistemas judiciales, su núcleo categorial permanece indeterminado, impreciso,
indefinido, vago y sombrío, y, sin embargo, el sistema sigue actuando como si fuera un algo claro y
maleable cuyas claves de acceso están a disposición de todos aquellos que tienen una necesidad de ella.
Cuan falsa es esa intuición.
La justicia no es un postulado geométrico rígido, al estilo de la geometría euclidiana, porque en lo social
no opera la lógica de lo incuestionable. Más bien, debe ser entendida como una categoría de la
civilización humana, o un principio social que nos permita advertir cuándo algo en la sociedad o en las
relaciones interpersonales está interrumpiendo su armonía o requiere un ajuste para volver a proseguir.
Por ello podemos afirmar que su esencia no está en la ley —que debería ser su instrumento— sino en el
equilibrio relacional que sostiene la convivencia humana.



