sancocho de la identidad: el legado de Rosa Díaz y Raúl Paniagua que salvó a 'Ángeles Somos'
CARTAGENA DE INDIAS 1/10/2026 mapa informativo.
La tradición de 'Ángeles Somos' en Cartagena se mantiene viva gracias al incansable trabajo social de la socióloga Rosita Díaz de Paniagua y su esposo Raúl Paniagua, quienes desde la década de 1970 asumieron la misión de rescatar esta celebración comunitaria cuando amenazaba con desaparecer de las calles heroicas. Hoy, consolidadas las bases de su esfuerzo, la festividad brilla con mayor fuerza tras haber ingresado oficialmente a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación.
Cada primero de noviembre, las calles de los barrios cartageneros se inundan con el repique de tapas de ollas y el canto del tradicional "Tintililillo". Los niños de la ciudad, convertidos en los protagonistas absolutos de la jornada, recorren casa por casa recolectando yuca, ñame, plátano y carnes para cocinar el gran sancocho comunitario al mediodía. Lo que nació hace más de cuatro siglos como una expresión religiosa colonial, mutó en una manifestación triétnica donde confluyen la alegría de la herencia africana, el misticismo indígena y las costumbres hispanas.
Para el tejido social de Cartagena, esta fiesta va mucho más allá de un plato de comida gratuito. De acuerdo con el enfoque defendido por Rosita Díaz desde el Observatorio de Infancia y Adolescencia, 'Ángeles Somos' es una escuela viva de valores cívicos. A través de la dinámica de recolección, los menores experimentan de primera mano la solidaridad, el trabajo en equipo y la organización colectiva, alejándolos de la mendicidad y transformando el acto de pedir en un intercambio cultural basado en el agradecimiento y el afecto vecinal.
El reciente reconocimiento del Ministerio de las Culturas no es solo un título; es un blindaje para la memoria histórica de la ciudad. Mientras en el resto del mundo avanza la homogenización de festividades comerciales, en Cartagena las comunidades se resisten a soltar la cuchara de palo. Gracias a la persistencia de la familia Paniagua-Díaz, las nuevas generaciones crecen sabiendo que, mientras haya una olla comunitaria encendida en la esquina, la identidad cartagenera seguirá a salvo.



